lunes, 6 de enero de 2014

Se nos va la pinza, o qué.





Lo siento, hoy esto iba a ir de siglas, siglos y lenguas. También de pensamiento, de metáforas que usamos. Y todo a partir de la foto de arriba, localizada junto a la Fuente de los Fabianes. Pero se me ha ido la tecla (más que la pinza), y he comenzado el año hablando de uno de mis (des)propósitos. 
Hace unos años, muy pocos en realidad, cuando todavía enviábamos más mensajes de texto (SMS) que Wassap y similares, nacidos a raíz de la tecnología que permite enviar datos además de voz por medio del teléfono, se organizaban campañas más primitivas que las que hoy cobijan las redes sociales. ¿Te acuerdas? De repente te llegaba un SMS que te convocaba y terminaba con un escueto pásalo
Llegaron las redes sociales y ahora la información, las quedadas, las fotos, los vídeos, los mensajes, el a veces insoportable ejercicio de autoayuda benigna de tanta historia con mensaje, todo esto se comparte. No se pasa, ya no es algo ajeno: te quedas con tu parte, compartes. Hasta aquí, la idea original: hablar de pasar, compartir, su equivalente inglés (share) y su historia, de cómo dos lenguas aparentemente alejadas una de otra están en realidad en contacto desde hace siglos porque comparten imágenes, metáforas, comunes. Pero se me cruzaron un par de entrevistas a Marc Fumaroli, y se me fue la tecla, que no la pinza
Y no pienso dar marcha atrás, aunque la imagen esta de dar marcha atrás también da para un comentario. Me reservo para otra ocasión, si eso.
Me (pre)ocupa, ya lo he dicho, este nuevo ámbito de la vida pública que facilita seguir viviendo igual de aislado que siempre. Resulta que te permitirá decir que una información te gusta, comentar y compartir, siempre que el status de privacidad, tuyo y de quien publica algo, lo consienta. Como si en las redes sociales existiera la privacidad, algo muy próximo de la intimidad. Y quien haya pretendido compartir algo, no deseará sentirse ignorado, y se aferrará a la pantalla  para contar sus me gusta y saber cuántos usuarios lo han leído, compartido o comentado.
En los márgenes de una de las redes sociales que probablemente conozcas, Facebook, aparece publicidad. Qué bien. Ahí están quienes financian este servicio social tan útil. Aprovechan para poner anuncios, buena idea. Esto lo explica todo. Tú miras mi espacio, yo coloco publicidad, eres un cliente potencial y libre. 
O no tan libre. Curioso. La publicidad que me aparece no es la que ven otros usuarios. Además, coincide con búsquedas que he hecho mediante motores de búsqueda, en mi caso Google, del que hasta hace poco tiempo me fiaba. ¿He buscado zapatos? Me aparece publicidad de zapatos. ¿Ojeé una oferta turística o de un hotel en tal lugar? Hoteles y guías de esa zona del mundo se instalan en los márgenes de mi pantalla. 
Real como la vida misma. Nos observan. Y lo más grave: para entrar en mi red social utilizo una contraseña que ellos mismos me dijeron que era segura. Lagarto, lagarto: yo tampoco leí la letra pequeña al darme de alta y entregar contraseña y dirección de correo electrónico. Me deslumbró este nuevo patio de vecinos. Había tanto que compartir, tanto que curiosear y saber de otros sin que se enteraran.
Andaré con cuidado. Alguien cuenta a alguien la información que busco. Pásalo. 

A propósito de las entrevistas que me despistaron:
- La cuarta pregunta de esta entrevista me reveló que no existe publicidad ingenua en todo esto. 
- Hacia el final de esta otra entrevista, asómbrate, verás cómo se han puesto en Francia con algunas librerías de internet. Uf.

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